Nació baja de peso, casi transparente.
Con la sangre lenta y los latidos discretos que apenas se atrevían a escucharse.
Le pusieron nombres clínicos a su fragilidad: anemia, hipotensión.
La pasearon por consultorios médicos como si fuera un acertijo.
La diagnosticaron con indiferencia crónica.
Hubo incluso quien aseguró, en voz demasiado seria, que le faltaba alma.
Entre tratamientos acumulados y fórmulas que prometían germinar algún indicio de vivacidad, le recomendaron actividades que aumentaran la vida en la sangre. Algo que la encendiera. Algo que la volviera roja por dentro.
Todas las mañanas, religiosa y obligadamente, bebía una infusión de ajo con leche.
Su madre esperaba el milagro cotidiano: que la niña tomara tono en las mejillas, que se interesara por algo, que el mundo le pareciera urgente.
La niña aprendía a no esperarlo.
Aun así, lo bebía, como quien sigue alimentando una masa madre que nunca ha fermentado,
por si un día decide respirar.
Pero la sangre no se le subió por el ajo.
Se le subió en secreto.
Y con el tiempo.
Mientras crecía - y nadie miraba demasiado – descubrió el confort en cosas diminutas.
Y con él, la sospecha de que quizá sí era capaz de sentir la vida.
El crujiente exacto del pan tostado con cajeta.
El café negro a las 16:00 hrs en punto.
Abrir el microondas antes del bip.
Etiquetar el caos.
Romper un huevo con precisión quirúrgica.
Cortar mantequilla sin desperdicio.
Robar las puntas del cubo de caldo de pollo.
Pequeñas conspiraciones contra la indiferencia.
Entonces ocurrió.
Un día, con la esperanza casi desvanecida y 6,750 días exactos de vida – sin que nadie llevara ya la cuenta – entró a la cocina proclamándose extranjera.
No volvió a salir.
Entre la alacena y el fogón encontró la cura que nadie había sabido prescribir:
fuego lento y especias para transformar la indiferencia en hambre.
Cortó. Mezcló. Esperó. Saló. Probó.
Le rugió la panza.
Y entonces comenzó a tomar color.
La vieron reír.
Contó un chiste.
Se le encendieron las mejillas como si alguien hubiera abierto una ventana por dentro.
El diagnóstico cambió.
Hiperfagia grave.
Curiosidad crónica.
Exceso irreversible de vitalidad.
Ahora padece de hambre perpetua.
Dicen que le roba el alma al perfume del pan recién horneado
y que la guarda en los bolsillos del delantal,
para que no se le escape el color.
Cocina. Escribe.
Apacigua el hambre por un momento.
Y aunque nunca se vaya a llenar,
ahora ya no es transparente.
Ahora se le nota la vida.
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